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viernes, 9 de diciembre de 2016

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La pequeña calle de Vermeet, siglo XVII

EL PODER DE LAS PALABRAS

El poder de nuestras palabras

Es una página muy útil que contiene una gran colección de textos y enlaces de diferentes autores universales.

viernes, 26 de septiembre de 2014

BENITO PÉREZ GALDÓS

Discurso de ingreso en la RAE sobre la novela, (fragmento), 1897


Si por una parte mi incapacidad crítica y mi instintivo despego de toda erudición me imposibilitan para explanar ante vosotros un asunto de puras letras, por otra una ineludible ley de tradición y de costumbre ordena que estas páginas versen sobre la forma literaria que ha sido mi ocupación preferente, o más bien exclusiva, desde que caí en la tentación de escribir para el público. ¿Qué he de deciros de la Novela, sin apuntar alguna observación crítica sobre los ejemplos de este soberano arte en los tiempos pasados y presentes, de los grandes ingenios que lo cultivaron en España y fuera de ella, de su desarrollo en nuestros días, del inmenso favor alcanzado por este encantador género en Francia e Inglaterra, nacionalidades maestras en ésta como en otras cosas del humano saber? Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción. Se puede tratar de la Novela de dos maneras: o estudiando la imagen representada por el artista, que es lo mismo que examinar cuantas novelas enriquecen la literatura de uno y otro país, o estudiar la vida misma, de donde el artista saca las ficciones que nos instruyen y embelesan. La sociedad presente como materia novelable, es el punto sobre el cual me propongo aventurar ante vosotros algunas opiniones. En vez de mirar a los libros y a sus autores inmediatos, miro al autor supremo que los inspira, por no decir que los engendra, y que después de la transmutación que la materia creada sufre en nuestras manos, vuelve a recogerla en las suyas para juzgarla; al autor inicial de la obra artística, el público, la grey humana, a quien no vacilo en llamar vulgo, dando a esta palabra la acepción de muchedumbre alineada en un nivel medio de ideas y sentimientos; al vulgo, sí, materia primera y última de toda labor artística, porque él, como humanidad, nos da las pasiones, los caracteres, el lenguaje, y después, como público, nos pide cuentas de aquellos elementos que nos ofreció para componer con materiales artísticos su propia imagen: de modo que empezando por ser nuestro modelo, acaba por ser nuestro juez.

jueves, 25 de septiembre de 2014

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Cartas desde mi celda, carta II (fragmento)


Queridos amigos:

Si me vieran ustedes en algunas ocasiones con la pluma en la mano y el

papel delante, buscando un asunto cualquiera para emborronar catorce o

quince cuartillas, tendrían lástima de mí. Gracias a Dios que no tengo la

perniciosa, cuanto fea costumbre, de morderme las uñas es caso de

esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro apurado e irresoluto en estos

trances, que ya sería cosa de haberme comido la primera falange de los dedos.

Y no es precisamente porque se hayan agotado de tal modo mis ideas, que

registrando en el fondo de la imaginación, en donde andan enmarañadas e

indecisas, no pudiese topar con alguna y traerla, a ser preciso, por la oreja,

como dómine de lugar a muchacho travieso. Pero no basta tener una idea; es

necesario despojarla de su extraña manera de ser, vestirla un poco al uso para

que esté presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, a propósito, para el

paladar de los lectores de un periódico, político por añadidura. Y aquí está lo

espinoso del caso, aquí la gran dificultad.

Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginación y los que

aquí han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado una lucha titánica,

hasta que, por último, vencidos los primeros por el número y la intensidad de

sus contrarios, han ido a refugiarse no sé dónde, porque yo los llamo y no me

contestan, los busco y no parecen. Ahora bien: lo que se siente y se piensa

aquí en armonía con la profunda calma y el melancólico recogimiento de estos

lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que viven en ese torbellino de

intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas que se

llama la Corte?

AMADOR LÓPEZ

"Las palabras"



Sabemos las fechas aproximadas de la aparición de la escritura, pero los historiadores no han sido capaces de establecer en qué época empezaron a hablar los humanos. Y nadie, desde entonces, ha podido percibir las palabras que pronunciaron.

            Las palabras que no se escuchan o las palabras que no se escriben, ni existieron ni existen. Sin embargo siempre hay alguien que presta oídos a nuestra lengua. Este es el viento. Aquellas frases que pronunciaron nuestros antepasados las percibió el viento. Porque eternamente se ha repetido que las palabras se las lleva el viento.

            Pero ¿adónde se las lleva el viento? ¿Qué hace con ellas? El viento las mastica, las desordena en su enorme barriga, y las oculta, como si fuesen los granos de una bolsita de azúcar que desaparece en la taza de café con leche. Y después las transporta más allá de la estratosfera, al lugar donde habita el olvido. En la ciudad de los olvidados buscan a sus dueños, y se funden en un abrazo infinito. Pero cuando no encuentran a quien buscan, emprenden el camino de vuelta.

            La palabra tiene algo de salmón. Los salmones, después de su nacimiento en aguas dulces, se transforman para adaptarse al agua salada del mar. Y en la época de reproducción y cercana su muerte, mudan de nuevo para regresar al lugar de su nacimiento. La palabra siempre vuelve al lugar de donde emana.

            En las noches otoñales y en las noches de marzo, cuando el viento sopla con intensidad, podemos escuchar cómo descienden del más allá, cómo revolotean, chocan entre sí, se reúnen en inmensos remolinos hasta encontrar a sus viejas compañeras. Silban, susurran, lamentan, se huelen, se localizan, se abrazan, se dan la mano y recomponen la vieja sílaba, el antiguo vocablo, la desmemoriada frase. Entonces, como un enjambre silencioso de abejas transparentes que escoltan a la reina, las palabras se cuelan entre las rendijas de las puertas y las ventanas de nuestras casas y nos van a buscar al lugar donde dormimos. Entran en el cuerpo junto al aire que respiramos y se quedan en nuestro tálamo, que es la cuna donde nacieron.

            De vez en cuando se despiertan y resuenan como un leve eco en nuestro interior. Oímos repetidas la palabras bonitas que decimos cuando hablamos del amor, del cariño, de la amistad, de la solidaridad... Pero también retumban aquellas que nunca debimos decir, las que hicieron daño, las groseras, las desatentas, y las otras que negamos haber dicho. Es el castigo, la penitencia que debemos pagar por nuestras incorrecciones.

            Solo las palabras que logramos atar, aquellas que aprisionamos con la tinta del bolígrafo a los pálidos folios, se mantienen, condenadas para siempre, en el mismo sitio. No se mueven. Con ellas perviven nuestros sentimientos, nuestras ideas, un poquito de nuestro yo.

            Pretendemos que la historia alcance a todos. Porque si algo hay de mágico en las letras cautivas de nuestros escritos es que, cada vez que alguien las ojea, se despiertan, se desatan, se levantan, y penetran por sus pupilas. Caminando por el nervio óptico llegan, para quedarse, a lo recóndito del cerebro de los que nunca las pronunciaron. Pero siguen sujetas en el papel, hasta que otros vuelven a mirarlas.

                                                                                                             Colaboraciones, Amador López
CAMILO JOSÉ CELA

Discurso de recepción del Premio Cervantes, 23 de abril de 1995, (fragmento)



Merece la pena esperar los años que Dios disponga para recibir este premio de la mano de Vuestra Majestad. Nunca se llega tarde a ningún sitio, jamás se nace ni se muere cinco minutos antes, y todos los puertos son seguros tan pronto como se rinde en ellos la más azarosa y difícil singladura. El tiempo lima las asperezas de la conciencia y amansa la voz del hombre si se acierta a ponerla a remojo en el benevolente rocío de la paciencia; aliado con el tiempo, al decir de Shakespeare, al miserable no le queda más medicina que la esperanza: ni siquiera la caridad ni el azar aunque quizá sí el amor y la fe, esas dos palancas que sólo los más clementes dioses enseñan a manejar a los elegidos. Hay que dar tiempo al tiempo para que pueda granar con opimo provecho y no se debe ensayar a acelerarlo puesto que jamás abdica de su ritmo previsto y cadencioso o vertiginoso, según se mire. El mundo es tal cual se nos presenta y para San Agustín, el mundo de nuestros afanes y nuestras impaciencias, el mundo en que vivimos, se hizo no en el tiempo sino al mismo tiempo que el tiempo, ya que el tiempo no existía antes del mundo.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA

"Urgencia del Quijote"



Nunca hay que dar por leído el Quijote, nunca hay que darlo por supuesto. A muchas obras maestras reconocidas y santificadas les ocurre eso, que nos son tan familiares que nos creemos exculpados de la obligación de leerlas, y así resulta que algunos de nuestros libros que más podrían hacer por nuestra felicidad y nuestra inteligencia apenas los frecuentamos, porque absurdamente los damos por sabidos. Pero no es algo que suceda sólo con la literatura. Creemos, por ejemplo, que Las Meninas es un cuadro tan obvio que ya no puede reservarnos ninguna sorpresa, así que el día en que entramos en El Prado y nos quedamos mirando esa pintura su visión nos sobrecoge como si nunca antes la hubiéramos tenido delante de los ojos, y lo que nos parecía más sabido se nos revela enigmático, y toda la niebla de las reproducciones y de los recuerdos inexactos se borra en un instante gracias a la maravilla urgente y material de ese cuadro. ¿Cuánto hace que no leemos Crimen y Castigo, (…) Hamlet, Campos de Castilla, La Iliada? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que yo leí completo el Quijote, de la primera página a la última, desde la ironía ligera y triste del prólogo al desocupado lector hasta esos últimos episodios en los que la agonía y la muerte de Alonso Quijano alcanzan una categoría suprema de arte funeral, una tonalidad severa y serena de Requiem?

Hay que volver al Quijote no sólo para encontrar lo que ya conocemos, sino para descubrir lo que hasta ahora nos pasó inadvertido en todas las lecturas anteriores, para ponernos al día en un libro que parece estar cambiando siempre, que va más rápido que nosotros en nuestro propio aprendizaje de la vida y la literatura. El propio Cervantes intuye en el prólogo de la primera parte la resonancia plural que ha de tener el libro: "Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no se desprecie, ni el prudente deje de alabarla".

Pedro Salinas, que leyó y amó tanto el Quijote, habla en alguna parte de la "novedad incesante de la tradición". Ahora que la llamada vida cultural es una feria permanente de vanidades y de novedades, un supermercado en el que se nos acucia para estar al día, a la última, para no quedarnos anticuados sin remedio en quince minutos, el mejor antídoto contra la confusión de tanto fraude, de tantas cosas nuevas que al cabo de una temporada se han vuelto viejas o han dejado simplemente de existir, es procurar sustentarse en las novedades que vienen durando siglos y no porque sean más rocosas o solemnes, más abrumadoramente catedralicias,  sino porque a cada lector de cada generación de cada época le cuentan la misma historia y a la vez una historia distinta, se le presenta en la imaginación con una luz nueva que ya alumbró antes a muchos lectores, pero que siempre parece una luz recién originada, porque los grandes libros tienen la extraña virtud de parecer que fueron escritos por cada uno de nosotros, a la medida de cada una de nuestras edades, de cada estado de espíritu. Yo he estado triste y el Quijote me ha ahondado la tristeza y al mismo tiempo me ha permitido reírme de ella, y he sido feliz disfrutando de unas horas de pereza y sus páginas me han hecho sentirme más feliz y perezoso todavía, "poltrán y perezoso", para explicarlo con las palabras de Cervantes.
 
A los doce años fue para mí un libro de aventuras y de risa; a los quince me fortaleció y me acompañó en las soledades y las rarezas de la adolescencia, porque a esa edad nada le hace sufrir más a uno que el sentimiento de no ser igual a nadie, y don Quijote era el más raro, el menos semejante, el más ridículo y conmovedor de todos los héroes; con veinte años, cuando empezaba a interesarme seriamente por las sutilezas de los mecanismos narrativos, en el Quijote encontré un tratado inagotable de juegos y de trampas literarias, de audacias, de reflexiones sobre la propia literatura, de libros y de seres de ficción que se mezclan con las criaturas de la realidad. Me ha acompañado en los viajes cuando he ido solo, y muchas veces también ha sido un tesoro que he disfrutado compartiendo con quien yo quería, leyéndoselo en voz alta. Me ha enseñado a leer y me ha enseñado a escribir, a amar la literatura y a burlarme de ella, a no perderme entre la doble solicitud de los libros y de la vida, de la cordura y de la demencia, de la carcajada jovial y la sonrisa de lector solitario que ni siquiera roza los labios.

(…)Así que es urgente, hay que ponerse al día, hay que estar a la que salta, a la última, hay que empezar ahora mismo a leer o a releer el Quijote.

                                                                                             Blanco y Negro, 18/06/99